domingo, 2 de julio de 2017

La Venezuela de Luis Romero Petit

El Emergente
Ignacio Serrano

La Venezuela de Luis Romero Petit era un país semi rural, que acababa de salir del miedo, que acababa de entrar al siglo 20. No había figuras públicas, más que algunos políticos que detentaban el poder, ni existían más íconos en el fervor popular que aquellos que reposaban en los altares de las iglesias o en el Panteón Nacional.

Tantas cosas estaban por hacerse, en aquella Venezuela de Romerito.

Fue eso lo que permitió el suceso que vendría con el triunfo de La Habana, en 1941. Gobernaba Isaías Medina Angarita y la radio disputaba con unos pocos periódicos el derecho de ser el principal medio de comunicación, a dos lustros de sus inicios aquí.

El historiador Javier González suele recordarlo cada vez que repasa las razones de aquella verdadera revolución, que nos dio los primeros héroes civiles de nuestra modernidad. No hay manera de entenderlo hoy. ¿Cómo explicarle a los milenials, esa generación que nació delante de una computadora, lo que significó hace más de siete décadas que toda la población, de Guayana a Maracaibo y de Margarita a San Fernando, se reuniera en grandes grupos delante de los radiorreceptores, para escuchar en vilo, durante horas, lo que sucedía a miles de kilómetros de allí?

Si ni siquiera lo entendían los peloteros a quienes hoy llamamos Héroes del 41. Ellos se prepararon, viajaron, jugaron y ganaron, y al regreso, a bordo del barco que les traía a La Guaira, se toparon con miles y miles de compatriotas que les aclamaban por doquier.

Luis Romero tenía por aquel entonces la misma sonrisa de algodón de azúcar que nunca le abandonó, la misma mirada clara y brillante que le conocimos, cuando ya era octogenario.

La premura y falta de rigor han hecho que muchos medios, mayormente digitales, acompañaran la noticia de su partida con una gráfica que no es suya. En ella se ve a un lanzador importado del Caracas caminando con la chaqueta al hombro, en el Universitario. Petit ya no era caraquista cuando ese parque abrió las puertas y al pitcher le falta la característica principal que recordamos en este memorable zuliano: esa luz risueña que emanaba de él.

Hay una hermosa fotografía que lo dice todo. En ella se muestra de pie, en el estadio de San Agustín, con un bate entre las manos, pantalones bombachos de algodón y la mirada inconfundible que llevaremos en nuestros corazones todos los que alguna vez hablamos con él.

Era pequeñito y menudo. Hoy sería un tercera base inconcebible. Pero la Selección Nacional se nutrió de su habilidosa defensa en la esquina caliente y fue el segundo bate de aquella escuadra legendaria, que venció dos veces a Cuba en el parque La Tropical. Nunca bateó mucho. Lo dice sin dudar su average en los 12 campeonatos que disputó en la LVBP. Jamás dio un jonrón en nuestra pelota profesional. No necesitó sacar la bola del campo para entrar al Salón de la Fama.

Eran otros tiempos, muy diferentes a estos. Y sin embargo, la vigencia de Romerito es hoy mayor que nunca. Porque no sólo fue un buen pelotero y una figura fundamental en la consolidación del beisbol como ese cálido pegamento que nos une a todos los venezolanos, sin importar diferencias. Fue, sobre todo, un buen ciudadano, una persona de bien, un venezolano educado en valores, que representa ese país bueno que entre todos debemos rescatar.

Publicado en El Nacional, el domingo 2 de julio de 2017.

2 comentarios:

  1. Era otra época, cuando se podía ser un gran pelotero con esa mezcla maravillosa de entusiasmo, corazón y maña

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  2. Gracias Ignacio, cosas como esas nos hace falta.

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