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viernes, 27 de enero de 2017

El vuelo de las Águilas y el viento fresco que trajeron a la LVBP

El Emergente
Ignacio Serrano

¿Cuándo se gestó la sexta corona de las Águilas? ¿En qué momento empezó el camino que les llevó al éxtasis, la noche del miércoles?

Varias semillas fueron plantadas años atrás, con la adquisición de jugadores como Freddy Galvis y José Pirela, llegados muy jóvenes desde el Magallanes, y la firma de los por entonces adolescentes Silvino Bracho, Alí Castillo, Leonel Campos o Wilfredo Boscán.

El movimiento decisivo para cambiar la historia, sin embargo, vino mucho después. Paradójicamente, sucedió poco antes del sótano de los rapaces en la campaña 2015-2016, su primera eliminación en casi una década. Y fue el ascenso de Luis Amaro al cargo de gerente deportivo.

Amaro no es el único responsable de la fiesta del Zulia. Pero sí es el arquitecto. No llega aún a los 30 años de edad, pero ha demostrado ser un analista, un buen planificador, sin temores para ir al mercado y con buen ojo para ensamblar un eficaz equipo de trabajo.

El hijo del célebre Rubén Amaro, primer manager campeón de los occidentales, se ganó la confianza del tren ejecutivo anterior, sus familiares, puesto que este es un club que todavía se maneja en casa. Formó luego un brillante tridente con César Suárez como asesor y Lipso Nava como manager. Y luego estructuró con Nava un cuerpo técnico que brilla por dos características: fueron figuras de la divisa, salvo por Jon Nunnally, y formaron un staff motivador y eficiente.

Dos aspectos parecen cruciales, oficina arriba. Por un lado, recibir la libertad para ir al mercado sin temor, incluso al costo de entregar nombres de tanto peso como Alex Torres y Yéiper Castillo, que parecían dejar la rotación desasistida; por el otro, poder ir a cada draft de postemporada sin las limitaciones económicas que en el pasado disminuyeron el potencial de los aguiluchos.

Lo primero permitió traer al receptor Jesús Flores, al utility Jonathan Herrera y al jardinero Alex Romero. Lo segundo favoreció la adquisición del center Endy Chávez, el as Mitch Lively o el antesalista Ronny Cedeño, a pesar del tamaño de sus contratos.

También hubo ojo analítico para aprovechar gratis lo que otros dejaron ir. La adquisición de los relevistas Rómulo Sánchez y Edgar Alfonzo Jr. probó ser de altísima ayuda. Y la importación, generalmente un mérito de la organización año tras año, mantuvo su buen nivel, incluso cuando en la recta final se incorporaron jugadores como Carlos Daniel Hernández o Jordany Valdespín.

Oficina abajo, en el terreno, Nava demostró inteligencia, buen carácter y mano izquierda. La intensidad con que jugaron sus dirigidos desde octubre tuvo su sello y el de su motivador cuerpo técnico. Supo, además, mezclar las piezas disponibles y agregar a su arsenal el arma del análisis estadístico, esa ya no tan nueva herramienta que algunos en el Caribe todavía dejan sin usar.

Esa suma de tradición y sabermetría dio frutos en la eliminatoria y muy especialmente al planificar los playoffs. ¿Que tuvieron suerte? Todo campeón la tiene. Pero a nadie le cuadra mejor aquel mote de “pirañas” que en su momento usara Oswaldo Guillén para los equipos que no le daban descanso, en particular aquellos guerreros Mellizos de Minnesota que dirigía Ron Gardenhire.

Esa intensidad al ejecutar en el campo, en una escuadra tan balanceada, permitió barrer con tres colosos: Tigres, Caribes y Cardenales. Es ese el fruto de los nuevos tiempos en el Zulia, de este aire refrescante que hoy sopla en la LVBP.

Publicado en El Nacional, el viernes 27 de enero de 2017.

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