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EL EMERGENTE. Dodgers, Rays y el verdadero Moneyball



EL EMERGENTE
Por Ignacio Serrano

Es un error muy común utilizar el término Moneyball como sinónimo de sabermetría, del nuevo análisis aplicado al beisbol.

Moneyball, en realidad, es otra cosa, más específica. Y el ejemplo está justo enfrente de nosotros, en esta Serie Mundial.


Todos los equipos aplican hoy, en menor o mayor medida, el resultado de los estudios que salen a diario del departamento de estadísticas de cada divisa.

Los Dodgers lo hacen. Los Rays lo hacen. Pero también los Astros y los Bravos, por ejemplo. El Clásico de Otoño podría tener un rostro completamente diferente, otros contendores, y la filosofía de sus protagonistas sería la misma.

Así como el beisbol se acostumbró a la existencia de los playoffs, luego de décadas de solamente disputar una final entre ambas ligas en la postemporada; luego de asumir como algo normal y bueno la creación del comodín y después el segundo comodín; tras aceptar con naturalidad la desaparición de la cláusula de reserva, y los jugadores-franquicia, y la aparición del juego salvado, y los relevistas especializados, y el bateador designado, y tantos etcéteras que han cambiado la cara de este deporte para siempre, sin que hoy resintamos ese cambio, después de todo eso, lo próximo será convivir con la sabermetría como parte del paisaje, incluso acá abajo, en el Caribe, donde todavía quedan ciertas resistencias.


Cada vez que el campocorto Carlos Correa tome un elevado en el terreno del righfielder, cada vez que el manager Kevin Cash ordene jugar con cuatro jardineros, cada vez que Dave Roberts o cualquiera de sus colegas use un opener, o retuerza la rotación para darle un giro temporal al bullpen, se siembran como árboles los nuevos modos que hacen ver a aquel debate sobre usar un cerrador por comité, ¿recuerdan? como una discusión ya antigua y superada.

Pero eso no es necesariamente Moneyball. El nuevo análisis data de comienzos de la década de los 70, con la creación de la sociedad de investigadores SABR; su epifanía llegó menos de una década después, con la publicación del Baseball Abstract de Bill James; y sus lineamientos ya se empleaban en Oakland en los años 90, con Sandy Alderson como gerente general.

Sí, en Oakland. Con Alderson. Antes de llegar Billy Beane al comando de los Atléticos.

Beane, en realidad, ya trabajaba en la bahía, como mano derecha del veterano ejecutivo. Pero el libro de Michael Lewis, que luego dio paso a la película protagonizada por Brad Pitt, cuenta la historia con ciertos sesgos que son lógicos, ya que a Lewis le interesaba mover pasiones y vender mucho, y para eso era preferible tocar emociones, más que hacer un relato frío de cómo los nuevos numeritos tomaron los diamantes por asalto.


Un ejecutivo joven, iconoclasta, dispuesto a romper drásticamente con el pasado, exitoso a contravía era demasiada tentación como para preferir el camino que luego siguió Alan Schwarz en su maravilloso libro The Numbers Game, que recoge de manera mucho más equilibrada y sin polémicas el curso de los hechos y la normal evolución que durante siglo y medio ocurrió en el deporte de nuestros amores, hasta llegar a esto de hoy.

A Lewis también debemos, en buena medida, la resistencia que ocurrió en muchos aficionados que tardaron en informarse y mucho más en resignarse, sobre todo al sur del Río Grande. 

Una de las razones por las que su obra resultó un best seller fue poder crear un relato maniqueo, entre buenos y malos, mentes brillantes y scouts ridículamente envejecidos y prejuiciados, algo que impactó durante largo tiempo en las Grandes Ligas, no digamos ya en la fanaticada.

Pero pongamos eso a un lado. Boston hizo desaparecer la Maldición del Bambino en 2004, al abrazar la visión analítica del juego. Kansas City y Houston construyeron escuadras ganadoras de anillos con más o menos dinero, pero con clara vocación por esta suerte de art nouveau peloteril. Chicago celebró en 2016 el fin de la Maldición de la Cabra, que perseguía a los Cachorros, asumiendo la misma filosofía. Las únicas temporadas positivas de los Piratas en las últimas tres décadas ocurrieron cuando decidieron casarse con el shift y la sabermetría, dudarlo. Y así podemos seguir con los 30 clubes.


El punto es que todo aquello no es necesariamente Moneyball. El verdadero Moneyball es el que usa esos preceptos y lo hace, ADEMÁS, en un mercado pequeño, sin recursos para salir a comprar lo que sugiere el sentido común dictado por el departamento de estadísticas.

Para los Medias Rojas en la conquista de sus últimas tres coronas, así como para los Cachorros o incluso para los Astros, grandes contrataciones permitieron redondear el proyecto que finalmente bañarían en champaña.

Para Pittsburgh, como antes para Oakland y ahora para Tampa Bay, se trata de competir en condiciones todavía más injustas que a comienzos de siglo, cuando al menos era posible tomar a los rivales por sorpresa, empleando una metodología que los demás despreciaban o desconocían.

Beane, que al parecer está a punto de dejar a los Atléticos, no ha conquistado todavía un cetro. Pero merece un aplauso de pie, al igual que estos Rays, porque son elencos que rehúsan someterse a lentas restructuraciones, que prefieren competir siempre, ser animadores siempre, aunque el presupuesto les diga que eso no es posible.

Muchas cosas han llegado para quedarse en el beisbol en los últimos 20 años, del mismo modo que llegaron todos aquellos otros cambios que hoy nos parecen naturales. En el futuro, también veremos con normalidad el nuevo análisis y ni siquiera lo llamaremos así.

Pero para ese entonces quizás sigan existiendo mercados pequeños, la necesidad de rendir cada dólar y la obligación de ganar, a pesar de competir en inferioridad aparente de condiciones. Y eso es algo que debemos agradecerle al Moneyball, la filosofía que nos permite ver a David pararse desafiante, sin temores, delante de tantos multimillonarios Goliats.

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