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77 años de edad tendría hoy el recordado José Aníbal Manzo [+VIDEO]

José Aníbal con el circuito radial de los Tigres. Allí comenzó su gran carrera, y allí la terminó

José Aníbal Manzo fue un grande de la narración en Venezuela. También fue un maestro generoso y un amigo inolvidable. Este es nuestro recuerdo y nuestro pequeño homenaje a él, que este 27 de abril hubiera festejado sus 77 años de edad. Hace 11 años que se marchó ya, tan temprano. De entonces data esta entrega de El Emergente que le dedicamos al partir, y que reeditamos en recuerdo de quien sigue junto a quien le admiramos y le quisimos

Por Ignacio Serrano
ElEmergente.com

Primero fue su voz.

Uno de nuestros recuerdos iniciales en la pelota es oír su voz, sentados junto a un viejo radio, de esos que se vendían en los años 60 y que venían empotrados en un mueble de madera.

La suya, como la de Leo Nazar, Gonzalo López Silvero, Musiú Lacavalerie, Delio Amado León y Felo Ramírez, nos transporta a la época en que el beisbol comenzaba a ser magia y rito, misterio y fascinación. Por eso, aquella mañana de domingo en que escuchamos la pregunta a nuestras espaldas, ya conocíamos al hombre que veíamos por primera vez: “¿Ustedes anotan ahí?”.

Era José Aníbal Manzo.



Tendríamos 12 años de edad. Era fácil lanzarse al terreno del Universitario, pues no había vigilancia que impidiera la alegría de caminar entre tus héroes, pedir autógrafos y, como aquella mañana, que párvulos niños entraran al dugout de la derecha, para tomar el lineup de los Tigres, un ritual que se nos haría común. Nos acompañaba Adolfo Salgueiro, otro periodista en ciernes, y José Ovidio, su morocho.

José Aníbal era ya un narrador brillante, en plena juventud, pero con un recorrido que le hacía insertar comentarios inteligentes en su relato, con aquel timbre de barítono, vibrante y afinado.

Seguíamos la pelota venezolana, el Juego de la Semana (los domingos, en diferido por Venevisión, porque eran partidos grabados el sábado) y las transmisiones de Juan Vené desde Nueva York, a las que debemos nuestra vocación.

Anotábamos esos encuentros en cuadernos de una raya, dibujando un boxscore y apuntando cada turno, cada hit, cada boleto, con rayitas en las casillas correspondientes.

Pero aquel domingo algo cambió nuestras vidas para siempre, como si se tratara de un Bar-Mitzva peloteril: al ver nuestros cuadernitos, José Aníbal no sólo nos abordó, sino que decidió bautizarnos en 10 minutos inolvidables; abrió su libreta de anotación y nos enseñó un mundo maravilloso, casi indiscernible, con decenas de cuadritos y casillas que, a simple vista, hacían parecer como algo complicadísimo el simple acto de anotar un juego.

Con paciencia, la voz que tanto admirábamos se prodigó en explicaciones, arrancó una hoja sin llenar y, para cerrar la lección, nos recomendó que la guardáramos, para sacarle tantas fotocopias como encuentros quisiéramos llevar al detalle.

Aquel mediodía soleado nació el periodista que hoy escribe aquí.

A partir de allí, cada juego contra los Tigres al que asistíamos en el parque capitalino incluía el mismo ritual, que cumplimos siendo ya adolescentes y luego como jóvenes universitarios: subir al palco, para saludar a nuestro primer maestro en la cobertura de este deporte. Así nació la amistad que desde hace días nos tiene al borde de una lágrima.

Compartir en el palco y hablar con él en el terreno fue un privilegio que solidificó una relación sembrada en la admiración y el afecto.

Celebramos con alegría cuando regresó de la enfermedad que creíamos vencida para siempre.

Celebramos aún más cuando sentimos su felicidad por haber regresado al circuito aragüeño, a donde llegó desde su Cagua natal, el sitio donde inventó aquello del “rinconcito de los músicos” y que luego había llevado, junto a todas sus otras frases célebres, al circuito de Caribes, que encabezó durante largo tiempo.

Agradecimos siempre su generosa opinión sobre nuestro trabajo, gozamos haber sido parte de su descubrimiento del beisbol de fantasía y le vimos, por última vez, con chaqueta, camisa y gorra de los Yanquis, la tarde antes de que sus bombarderos se llevaran la Serie Mundial, en el mismo Universitario de nuestro primer encuentro.

Así te llevaremos siempre en el corazón, José Aníbal: sonreído por tus Yanquis. Ajeno a la muerte, que ya no nos deja verte. Querido e inolvidable.



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Columna publicada en ElNacional.com, el 13 de diciembre de 2009.

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1 comentario :

  1. En el circuito de los Tigres el locutor comercial lo presentaba como el Atracao de Cagua, un galan

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