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Murió Luis Peñalver, leyenda del beisbol venezolano


El sucrense, uno de los mejores pitchers de todos los tiempos en la LVBP, acababa de cumplir 78 años de edad y es miembro por partida doble del Salón de la Fama de Valencia

Por Ignacio Serrano
ElEmergente.com

Luis Peñalver fue un gran conversador. Bastaba una pregunta, para iniciar la entrevista, y se soltaba a hablar y hablar, con la vivacidad que tienen los orientales y una rapidez de lengua que no soportaban las antiguas libretas de los reporteros.

Aquel cumanés que ganó nombre y fama a los 18 años de edad, como parte de la Selección Nacional que asistió a los Juegos Panamericanos de Chicago, en 1959, era indetenible cuando conseguía oídos, tanto como lo fue en la lomita cuando tenía un manager dispuesto a llamarlo al morrito y un catcher que recibiera sus envíos.


Peñalver, uno de los pitchers más prolíficos, dominantes y durables en la historia de la LVBP, falleció este sábado, en Caracas. Su cuerpo no resistió el embate de un cáncer de páncreas, lo que es una ironía muy triste. Después de todo, ese mismo cuerpo demostró una fortaleza superior a sus pares durante su carrera, al punto de convertirse en uno de los lanzadores con más innings acumulados en la historia de nuestra pelota.

Salía de la adolescencia cuando, siendo jugador amateur, formó parte de la Vinotinto que le dio a Venezuela su única medalla de oro beisbolera en los Panam. Gracias a eso, es uno de los pocos privilegiados cuya inmortalidad en el Salón de la Fama de Valencia es doble: por un lado, porque todos los integrantes de aquella escuadra fueron exaltados en grupo; y por el otro, porque individualmente forjó su estatuilla de bronce con un largo y fructífero recorrido en el campo profesional.

Peñalver se anotó 84 victorias entre 1960 y 1983, sumó 1516.1 entradas, ponchó 784 rivales y apenas entregó 337 boletos, una prueba —esta última— de un proverbial control que, según él, explicaba los jonrones que a veces le daban, especialmente cuando tenía buenas ventajas en el marcador y él decidía ir por el plato.

El cumanés se hizo magallanero por mampuesto, porque dio el salto con el Oriente, la continuidad de la franquicia bucanera que luego se transformó en Orientales. Sus temporadas quinta y sexta sí fueron con Magallanes y luego pasó al Caracas, la divisa con la que más se le recuerda y con la que bordó lo mejor de su historial.

Entre 1966 y 1982 perteneció a los Leones, con dos pequeños hiatos: la justa 1975-1976, en la que jugó a préstamo con las Águilas, ante la desaparición temporal de los dos clubes de la capital, fundidos en uno solo para ese torneo; y la 1982-1983, en la que defendió a los Tigres, ya con 42 años de edad.

Fue bueno. Muy bueno. Y constante. Muy constante. Únicamente el legendario Carrao Bracho supera sus episodios sobre la loma. Solo el Carrao y el no menos memorable Diego Seguí quedaron por arriba de sus triunfos. Y entre los máximos ponchadores hay que agregar a Aurelio Monteagudo para encontrar a los tres, apenas tres, que fusilaron a más contrincantes que él en los predios de la LVBP.
Su efectividad de 3.07 es la tercera más destacada entre los tiradores con más de 1.000 innings, pero incluso resiste la comparación si se relaja a 500 entradas la búsqueda: en ese conteo, más permisivo con sus colegas, aparece en el décimo séptimo lugar.

Tan llamativo dentro del campo era fuera de él. Buen compañero, decían; amigo de sus amigos, dicharachero y cuentista; consultarle algo era una fiesta, cuando hacía falta buscar recuerdos vivos del Caracas y sus brillantes momentos, o del paso de Sparky Anderson por el Oriente, y así.

Es un buen venezolano el que ha muerto este 21 de diciembre. No pudo resistir la enfermedad, a los 78 años de edad. Le quedaban muchas charlas y muchas anécdotas por recordar. Pero su leyenda, esa de lanzador incombustible, de pitcher de los de antaño, de esos que pueden abrir o relevar, y hacerlo siempre bien, esa no morirá jamás, como tampoco el afecto y la memoria que deja en quienes le conocieron.


Ignacio Serrano

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