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La injusticia que reclama Jesús Sucre


EL EMERGENTE
Por Ignacio Serrano

Jesús Sucre es una rareza en esta temporada de la LVBP: a pesar de haber jugado en las Grandes Ligas en 2019, está uniformado y en acción con Caribes, a pesar del veto de la MLB al beisbol profesional venezolano.

Solamente hay otro caso semejante, por ahora, y es el de Wilfredo Tovar. El infielder se sumó a los Leones al final de la pretemporada y entró al lineup a partir de primer choque entre los Eternos Rivales.


La razón por la que estos dos bigleaguers en ejercicio están presentes con sus equipos se explica por el estatus de agentes libres que comparten. Como ya advirtió Tovar, si firma con alguna divisa en las Mayores, así se trate de un contrato de Ligas Menores, deberá dar un paso al costado y marcharse a su casa, pues a partir de allí sí estaría obligado a cumplir la orden de la gran carpa.

Pero ese no es el tema de esta columna, aunque pueda tocársele tangencialmente. El asunto es hablar de esa situación que tiene hoy en libertad a Sucre y que, aunque le permite jugar en su país, le dejó sin trabajo en el norte.

O al menos esa es su conclusión. No hay manera de saber qué estaban pensando exactamente la gerencia de los Orioles ni el manager Brandon Hyde cuando a finales de abril lo enviaron a Triple A, supuestamente con la promesa de subirlo pronto, según le contó hace algunas semanas al periodista Carlos Valmore Rodríguez.
Sucre no era dueño de un contrato garantizado. Pero en el complejo entramado que es el convenio colectivo de la MLB, estaba a solamente dos días, cuenta, de cumplir el necesario tiempo de servicio arriba como para garantizar que, aun en el caso de ser bajado a las granjas, seguiría cobrando sueldo de bigleaguer.

La diferencia es importante. Hay quienes alegremente creen —o suponen— que todo pelotero gana millones, cuando en realidad no es así. Es indiscutible que en el Big Show ocurre así, ya que el ingreso mínimo anual es poco más de medio millón de dólares. Pero abajo es muy diferente. Un jugador en Clase A, por ejemplo, debe hacer un esfuerzo notable para poder ahorrar unos pocos miles de dólares al finalizar cada zafra.

Hay cuentos célebres de peloteros que recuerdan cómo durante semanas comían la misma hamburguesa en el mismo local, una y otra vez, porque era el sitio más barato donde alimentarse. Y el contraste va mucho más allá de esa anécdota.

Así que para Sucre era importante completar ese ciclo. En Doble A y Triple A la situación no es como en las categorías inferiores, pero la diferencia de ingresos puede ser enorme si se compara con la gran carpa. Por eso le cayó tan mal la noticia de su descenso, a apenas 48 horas de asegurar su nuevo estatus. Y más todavía porque, afirma, le prometieron llamarlo nuevamente, pero pasaron meses sin que eso sucediera.
El cumanés tiene 31 años de edad y es un sólido defensor que ha consolidado una carrera de siete campañas como suplente, con algunos períodos de titularidad con los Marineros, Rays y Orioles. De hecho, fue el catcher de todos los días mientras estuvo en Baltimore, por la lesión de Austin Wynns. Su caso se parece al de Henry Blanco, que vivió gracias a su defensa, a pesar de no aportar mucho con el madero.

Su caso también ejemplifica la cantidad de vericuetos del convenio colectivo de las Mayores y las vicisitudes que sufre un jugador cuando no está ciento por ciento establecido. Esto es un negocio, solemos decir con frecuencia peloteros, analistas y ejecutivos. Es cierto. Casos como este abundan.

Puede que para los oropéndolas fuera significativo ahorrarse los casi 700.000 dólares que dejaron de pagarle al enviarlo al Norfolk y también es probable que el oriental haya hecho suficiente dinero en su carrera como para disfrutar ya de una vida cómoda junto a los suyos. Pero es significativo lo que puede implicar para un pelotero la diferencia entre pasar y no pasar en las Grandes Ligas al menos dos días más.

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Columna publicada en ElNacional.com, el martes 12 de noviembre de 2019.

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