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El emergente

La química del dugout

Bill James, el creador de la sabermetría, reconoció la existencia de "la química del dugout" y lanzó un reto a las nuevas generaciones de analistas del beisbol


Bill James cruzó una raya para algunos cuando, hace unos días, le dijo a Geoff Baker, reportero del Seattle Times (http://seattletimes.nwsource.com/html/marinersblog), que “la química” o “el carácter”, como sea que le llamen, sí existen y pueden convertirse en la diferencia entre ganar y perder.

Si usted no sigue a James, el refundador del análisis estadístico en el beisbol, o si no ha escuchado hablar o no ha leído a sus cada vez más seguidores, sepa que el planteamiento es casi una herejía para los más recalcitrantes cultores de la “sabermetría”, la escuela que el asesor de los Medias Rojas creó, sin proponerse, hace varios lustros.

La tesis primera de los sabermétricos es sencilla: siendo un deporte de promedios, el beisbol nos permite analizar lo ocurrido y prever lo que está por suceder si evaluamos con inteligencia la data correcta.

Tiene que haber un modo de evaluarlo todo, basta estudiar y aplicar la lógica.

La afortunada aplicación de fórmulas, como las carreras creadas, el “win share”, el VORP, el FIP o el BABIP, siglas aún oscuras en estos pagos, nos demuestra cómo el arte de manejar promedios, nacido en el campo de la economía y trasplantado a la pelota por aficionados con inclinación por la matemática, ha servido para hacer propuestas útiles y comprobables.

La brecha que se abrió entre sabermétricos y tradicionalistas, a medida que se fue comprobando que los primeros tenían mucha razón, ahondó, en cierto modo artificialmente, la radical postura de que la emocionalidad juega nada en el beisbol; que un buen relevista rinde tanto en el séptimo como en el último inning y que el toletero que batea .325 lo hace tanto en la primera entrada, con las bases limpias, como en el noveno, en los playoffs, con el empate en segunda base.

En cierto modo, es cierto; las variaciones son pocas, lo que permite asumir que los buenos bateadores en el “clutch” lo son, precisamente, porque son buenos siempre. Pero el propio James debió tragar grueso a comienzos de la década que termina, cuando su teoría del relevista no funcionó y el fracaso del cierre por comité en Boston tuvo que ser cancelado, adquiriendo los Medias Rojas a Ugueth Urbina y regresando a la tradición de contar con un cerrador fijo.

No todo el mundo puede triunfar en cualquier rol. Como una vez nos dijo Juan Rincón, no es lo mismo entrar al juego en el sexto, cuando se sabe que un fallo puede ser corregido en los innings por venir, que hacerlo en el noveno, cuando un yerro a menudo significa la derrota.

LaTroy Hawkins y muchos otros sirven de ejemplo: algo ocurre que no todo buen pitcher del octavo sirve para sacar los tres outs finales del día.

El problema es que, por ahora, no hay forma de medir cómo lidia cada quien con la adrenalina. Ni siquiera ha podido definirse en qué situaciones las emociones resultan realmente difíciles de manejar, a diferencia del último minuto de un juego de baloncesto con diferencia de dos puntos, cuando hay que tener sangre fría para apuntar a la cesta o hacer vertiginosos pases bajo la marca.

La corriente radical, los lectores más fieles de Rob Neyer, concluyen que lo que no se puede medir no existe o su impacto es mínimo, desconociendo que pensar así es contradecir el formidable esfuerzo de los últimos 10 años para evaluar razonablemente la defensa, antes tan difícil de medir.

James, al apuntar que todo humano es más o es menos productivo, según los compañeros de trabajo que le tocan y según el ambiente de su oficina, concluye con maravillosa y sencilla sabiduría: la química existe, y conseguir la forma de medirla es la tarea de la próxima generación sabermétrica.

Publicado en El Nacional, el domingo 21 de marzo de 2010.

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