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sábado, 30 de septiembre de 2017

Las Grandes Ligas en Margarita

El Emergente
Por Ignacio Serrano

¿Qué impacto podrá tener para Venezuela y el beisbol venezolano la participación de la familia Carrero en la compra de los Marlins de Miami?

La noticia, divulgada el viernes, deja abierta esa y otras interrogantes, tras conocerse que el principal propietario de los Bravos de Margarita y sus hijos, directivos todos de la divisa insular, tendrán una participación en los peces, como copropietarios de esa organización.

La compra fue aprobada unánimemente el miércoles por los otros 29 equipos de las Grandes Ligas. Es de suponer que es ya un asunto cerrado. Entonces, ¿qué vendrá en el futuro?

La primera consecuencia, es lógico pensar, impactará en el intercambio de peloteros entre Miami y Margarita. Si en el pasado vimos trasiegos fructíferos entre Zulia y Filadelfia, Magallanes y Houston, Lara y Toronto, hay más razones para creer que los neoespartanos gozarán de algún privilegio al momento de buscar importados en el sur de la Florida, del mismo modo como seguro empezaremos a ver cómo muchos jóvenes criollos firman con los peces para dar inicio a sus carreras.

Mayor impacto debería tener la posibilidad cierta de recuperar aquello que viéramos hace casi dos décadas, a comienzos de siglo, cuando los Rays de Tampa Bay (por entonces llamados Mantarrayas), los Bravos de Atlanta, los Indios de Cleveland y los Astros de Houston vinieron a jugar en los estadios Universitario y José Bernardo Pérez.

Eso fue un suceso. La MLB apenas comenzaba su política de internacionalización y Venezuela era una veta que llenaba de talento las menores, a raíz de la iniciativa de Andrés Reiner, propulsor de las academias de las Mayores en el centro del país, y la consolidación de la hoy desaparecida Venezuelan Summer League.

La larga crisis social y política que hemos vivido en estos años impidió que siguiéramos abriendo camino en el proyecto de internacionalización de la gran carpa. México, Puerto Rico y Japón llegaron incluso a recibir juegos oficiales, no solamente de spring training, mientras en nosotros quedaba la nostalgia de preguntarnos cuándo volveríamos a ver escuadras de Grandes Ligas en estos parques.

No será en 2018, seguramente. El cambio de manos apenas está dándose en Miami. Posiblemente sea apresurado ver de inmediato a los Marlins bajarse de un avión en Las Piedras, la víspera de una exhibición en el Stadium Nueva Esparta. Pero no es exagerado creer que a mediano plazo, resuelta la crisis que nos afecta, deberíamos ver el regreso de las Mayores a territorio nacional.

Más interesante es evaluar lo que puede ocurrir, trascendiendo los beneficios que podrían tener los Bravos al momento de conseguir importados o al tramitar los permisos de jugadores jóvenes, algo que nos lleva a recordar que, bajo la administración de Jeffrey Loria, esta fue una de las organizaciones que más limitaciones impuso al talento criollo, al llegar la hora del beisbol invernal.

¿Qué significado tiene que un socio de la MLB tenga también un pie en la LVBP? ¿De qué modo puede influir esto en la próxima discusión del Winter League Agreement y en la hasta ahora asimétrica relación que se ha impuesto en los últimos años entre las escuadras del norte y del sur?

Sería ingenuo pensar que todo va a cambiar repentinamente, a partir de esta noticia. Pero es plausible creer que muchas cosas buenas están por suceder.

Columna publicada por El Nacional, el sábado 30 de septiembre de 2017.

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