Magglio Ordóñez y su notable carrera en el beisbol
Es un recuerdo compartido por
varios colegas.
Magglio Ordóñez, a finales de los años 90, con una temporada a cuestas en las mayores y un premio como Jugador Más Valioso aquí, visitó los principales diarios del país antes del spring training, para agradecer la cobertura de los medios.
Llegó a El Nacional poco antes del mediodía y durante más de media hora conversó con quienes allí estábamos.
La fotografía estuvo pegada cerca de nuestro cubículo hasta 2008, cuando nos mudamos de El Silencio a Los Cortijos. Allí estaba un jovencísimo y delgado Carlos Valmore Rodríguez, que daba sus primeros pasos en el periodismo, y Williams Brito, Cristóbal Guerra y este redactor. También estaba Johnny Villarroel, quien exclamó, apenas se marchó Magglio: “Recuerden este momento, porque es la última vez que vendrá de visita a los periódicos”.
Magglio Ordóñez, a finales de los años 90, con una temporada a cuestas en las mayores y un premio como Jugador Más Valioso aquí, visitó los principales diarios del país antes del spring training, para agradecer la cobertura de los medios.
Llegó a El Nacional poco antes del mediodía y durante más de media hora conversó con quienes allí estábamos.
La fotografía estuvo pegada cerca de nuestro cubículo hasta 2008, cuando nos mudamos de El Silencio a Los Cortijos. Allí estaba un jovencísimo y delgado Carlos Valmore Rodríguez, que daba sus primeros pasos en el periodismo, y Williams Brito, Cristóbal Guerra y este redactor. También estaba Johnny Villarroel, quien exclamó, apenas se marchó Magglio: “Recuerden este momento, porque es la última vez que vendrá de visita a los periódicos”.
La carrera de Magglio Ordóñez
comenzó con clase. No sólo dentro del terreno, donde fue un competidor. También fue un buen deportista y “alguien que en su mejor momento podía hacerlo todo en el
beisbol”, para usar las palabras de su ex compañero con los Medias Blancas,
Paul Konerko, en MLB.com.
Creció en el roster de los Caribes de Oriente como la mayor gema de la institución, cuyas riendas posiblemente tomará muy pronto. Sin tener etiqueta de prospecto, se convirtió en la máxima figura de la divisa.
Forzó su ascenso en Chicago y entre 1999 y 2003 fue uno de los toleteros más peligrosos de las mayores, con cinco temporadas sobre .300 y cuatro con más de 30 jonrones y 100 empujadas (en 2003 se quedó corto, con 29 y 99, precisamente el año en que por primera vez disputó el título de bateo, el que ganó Bill Mueller).
Una tarde, en el entonces recién estrenado US Cellular Field, le preguntamos si pensaba en ver algún día su nombre y número en una de las paredes del parque, como el gran Luis Aparicio.
“Por supuesto que me gustaría, pero no es algo en lo que piense”, respondió con cordialidad. Porque Magglio, por encima de todo, fue siempre un tipo cordial, un caballero que nunca nos negó una entrevista y jamás respondió mal a una interrogante, ni siquiera en los peores momentos.
Una noche, manejando por la autopista Francisco Fajardo, camino a casa, recibimos una llamada al teléfono móvil, procedente de un número que el celular no reconoció. Era él, dispuesto a conversar de pelota, a propósito de un contacto que infructuosamente habíamos intentado más temprano.
Creció en el roster de los Caribes de Oriente como la mayor gema de la institución, cuyas riendas posiblemente tomará muy pronto. Sin tener etiqueta de prospecto, se convirtió en la máxima figura de la divisa.
Forzó su ascenso en Chicago y entre 1999 y 2003 fue uno de los toleteros más peligrosos de las mayores, con cinco temporadas sobre .300 y cuatro con más de 30 jonrones y 100 empujadas (en 2003 se quedó corto, con 29 y 99, precisamente el año en que por primera vez disputó el título de bateo, el que ganó Bill Mueller).
Una tarde, en el entonces recién estrenado US Cellular Field, le preguntamos si pensaba en ver algún día su nombre y número en una de las paredes del parque, como el gran Luis Aparicio.
“Por supuesto que me gustaría, pero no es algo en lo que piense”, respondió con cordialidad. Porque Magglio, por encima de todo, fue siempre un tipo cordial, un caballero que nunca nos negó una entrevista y jamás respondió mal a una interrogante, ni siquiera en los peores momentos.
Una noche, manejando por la autopista Francisco Fajardo, camino a casa, recibimos una llamada al teléfono móvil, procedente de un número que el celular no reconoció. Era él, dispuesto a conversar de pelota, a propósito de un contacto que infructuosamente habíamos intentado más temprano.
La carrera deportiva de Magglio,
como la de Vizquel o Galarraga, ha podido ser aún más notable.
Vizquel estaría hoy a las puertas de los 3.000 hits o quizás más allá, de no lastimarse dos veces la rodilla; Galarraga habría quedado cerca de los 500 vuelacercas, de no ser por el linfoma que le atacó en un par de ocasiones.
Magglio sólo disputó 52 encuentros en 2004, cuando debió operarse la rodilla, y apenas 82 en 2005, por una diverticulitis.
Los problemas físicos reaparecieron a partir de 2010, cuando se fracturó dos veces el mismo tobillo, y también mermó sus estadísticas en 2009, cuando acompañó calladamente la lucha (triunfal, a Dios gracias) de su esposa contra el cáncer.
Las cifras con que hoy dice adiós el outfielder nacido en Coro podrían ser muy superiores. Y sin embargo, quien se despide en Detroit es uno de los más grandes peloteros que ha dado Venezuela, protagonista de una de las temporadas más extraordinarias de un criollo en las mayores, la de 2007, cuando ganó el título de bateo con .363 de average.
Ni siquiera entonces, en el punto más alto de su carrera, Magglio cambió.
“No sé cómo lo hice”, exclamó sobre su corona, con asombrosa humildad.
Lo vamos a extrañar.
Vizquel estaría hoy a las puertas de los 3.000 hits o quizás más allá, de no lastimarse dos veces la rodilla; Galarraga habría quedado cerca de los 500 vuelacercas, de no ser por el linfoma que le atacó en un par de ocasiones.
Magglio sólo disputó 52 encuentros en 2004, cuando debió operarse la rodilla, y apenas 82 en 2005, por una diverticulitis.
Los problemas físicos reaparecieron a partir de 2010, cuando se fracturó dos veces el mismo tobillo, y también mermó sus estadísticas en 2009, cuando acompañó calladamente la lucha (triunfal, a Dios gracias) de su esposa contra el cáncer.
Las cifras con que hoy dice adiós el outfielder nacido en Coro podrían ser muy superiores. Y sin embargo, quien se despide en Detroit es uno de los más grandes peloteros que ha dado Venezuela, protagonista de una de las temporadas más extraordinarias de un criollo en las mayores, la de 2007, cuando ganó el título de bateo con .363 de average.
Ni siquiera entonces, en el punto más alto de su carrera, Magglio cambió.
“No sé cómo lo hice”, exclamó sobre su corona, con asombrosa humildad.
Lo vamos a extrañar.
Publicado en El Nacional, el domingo 3 de junio de 2012.

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